El padre del lavado de manos murió pobre y en un psiquiátrico por defender la higiene personal

Sábado 21-03-20  Hasta mediados del 1800, los médicos no se molestaban en lavarse las manos, y pasaban de diseccionar un cadáver a dar a luz a un niño. Pero un médico húngaro hizo un avance clave que salvó millones de vidas de madres que recién parían

“Todo lo que aquí se hace en este sanatorio me parece muy inútil; los fallecimientos se suceden de la forma más simple. Se continúa operando, sin embargo, sin tratar de saber verdaderamente por qué tal enfermo sucumbe antes que otros en casos idénticos. No puedo dormir ya. El desesperante sonido de la campanilla que precede al sacerdote portador del viático, ha penetrado para siempre en la paz de mi alma.

Todos los horrores, de los que diariamente soy impotente testigo, me hacen la vida imposible. No puedo permanecer en la situación actual, donde todo es oscuro, donde lo único categórico es el número de muertos”.

La cita pertenece a Semmelweiss Ignác Fülöp, más conocido por Ignacio Felipe Semmelweiss, un médico nacido en Hungría en 1818. Recibido en 1844 pasó dos años dedicado al estudio de la infección en el campo de la cirugía.

Semmelweiss observaba preocupado cómo las mujeres ingresadas en para dar a luz tenían muchas más fiebres puerperales que las que alumbraban en sus casas. Los números eran claros. La mortalidad de las madres era del 30% frente al 15% de quienes daban a luz fuera de los muros hospitalarios.

Hasta mediados de 1800, los médicos no se molestaban en lavarse las manos, ya que pasaban de diseccionar un cadáver a dar a luz a un niño. Esta práctica, sumada a los números cotejados por el especialista, lo llevó a formular la novedosa y correcta teoría de que los médicos y estudiantes de medicina transportan algún tipo de “materia putrefacta” desde los cadáveres hasta las mujeres, lo que finalmente originaba la fiebre puerperal.

Los gérmenes aún no se habían descubierto, y todavía se creía en la década de 1840 que la enfermedad se propagaba por miasma (malos olores en el aire) que emanaban de cadáveres podridos y aguas residuales.

En medio de esta situación, un colega suyo murió en extrañas circunstancias. Se trató del doctor Kolletchka, profesor de anatomía quien se había cortado durante una disección de un cadáver y comenzó a desarrollar los mismos síntomas de fiebre alta y malestar general que sus parturientas.

Este hecho lo convence de que la causa común que termina en tantos fallecimientos son la suciedad de los cadáveres llamada corpúsculos necrópsicos, los antecedentes de las bacterias de que pocas décadas después descubrirían Louis Pasteur y Robert Koch, el científico alemán que en 1876 descubrió el bacilo del ántrax, iniciando el nuevo campo de investigación de bacteriología médica.

Inmediatamente elabora una solución de cloruro cálcico y obliga a todos los estudiantes que hayan estado trabajando en el pabellón de disecciones ese día o el anterior a lavarse las manos antes de examinar a las embarazadas. “A partir de hoy, 15 de mayo de 1847, todo médico o estudiante que salga de la sala de autopsias y se dirija a la de alumbramientos, está obligado antes de entrar en ésta, a lavarse cuidadosamente las manos en una palangana con agua dorada dispuesta en la puerta de entrada. Esta disposición rige para todos. Sin excepción. I. P. Semmelweis”.

La medida resultó ser muy eficaz. La mortalidad en su sección cayó al 0,23% a las pocas semanas. Semmelweis no sabía nada sobre las bacterias y el secreto de la asepsia, que se descubriría 30 años después.

Pero por vanidad o por envidia, los principales cirujanos y obstetras europeos ignoraron su recomendación y descubrimiento. Lo rechazaron y se sintieron ofendidos. Todos ellos provenían de clases altas y refinadas y no asimilaban que sus manos podrían estar contaminadas o sucias, como las de la clase trabajadora.

Dejar un comentario

© 2013 Powered By Servidores Argentina