Hoy celebramos a San Bruno de Colonia, fundador de la Orden de los Cartujos

Miércoles  06-10-21  Hoy, 6 de octubre, la Iglesia recuerda a San Bruno de Colonia, fundador en 1084 de la Orden de los Cartujos. El sabio y devoto cardenal Giovanni Bona (s. XVII), hablando de los monjes cartujos afirmaba: «el gran milagro del mundo: viven en el mundo como si estuviesen fuera de él; son ángeles en la tierra, como Juan Bautista en el desierto». 

San Bruno nació en Colonia, entonces parte del Sacro Imperio Romano Germánico. Fue profesor de filosofía y teología en la escuela de Reims (Francia), donde enseñó durante 18 años, haciéndose conocido por haber aportado al prestigio académico de esa casa de estudios. Después pasó a ser canciller de la diócesis, nombrado por el arzobispo Manasés.

La Iglesia considera la vida de los cartujos como paradigma del estado de contemplación y penitencia. Sin embargo, cuando los primeros monjes se establecieron en Chartreuse, no se tenía la menor intención de fundar una orden religiosa. Si se llegó a eso fue por el fervor y la entrega de sus miembros, las que suscitaron el apoyo del delfín de Francia y de la Iglesia, la que terminó formulando una invitación a instituirse. El conde Rogelio, hermano del Duque de Apulia y Calabria, Roberto Guiscardo, regaló a San Bruno el fértil valle de La Torre, en la diócesis de Squillace. Ahí se estableció el santo con algunos discípulos.

Dios suscitó en San Bruno el deseo de una vida de estilo eremítico. Es cierto que en su itinerario espiritual se acercó a la forma cenobítica del monacato -monjes aislados del mundo pero que compartían una vida en común-; sin embargo, optó finalmente por la vida en completa soledad, de cara a Dios.

El santo murió el domingo 6 de octubre de 1101. Después de ello, los monjes enviaron un relato sobre su muerte a las principales iglesias y monasterios de Italia, Francia, Alemania, Inglaterra e Irlanda, pues era entonces costumbre pedir oraciones por las almas de los que habían fallecido. Ese documento, junto con los «Elogia» (Elogios al difunto) escritos por los 178 monjes que recibieron el relato de su muerte, es uno de los más completos y valiosos que existen y que confirman la vida ejemplar del santo.

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